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  • Gustavo Plaza

Casi tres días en Santiago (de Chile)

Actualizado: may 22

Como a todo hijo de provincia cordillerana, Santiago, y lo que había de depararme aquél páramo por donde se esconde el sol, siempre estuvieron cerca. De hecho, por más lejos que estuviéramos de Santiago, más lejos estaríamos todavía de la propia Buenos Aires y sus playas atlánticas. Muchas de mis vacaciones de la infancia fueron en Saujil. Mis tatarabuelos, en las primeras oleadas migratorias, arribaron al norte de Chile antes de cruzar a Argentina y mi abuelo, al que no conocí, nació en ese país en una de las tantas travesías que emprendieron sus padres para comercializar uva. A menos de doscientos kilómetros de la frontera, tierra fértil en medio del desierto, por las características inmejorables del suelo y del clima para ganarse la vida con la vid, no tuvieron que hacer un paso más.

La casita donde creció mi mamá siempre nos acercó a ese universo con olor a vino y sabor a mote con huesillo que después entenderíamos tenían que ver más con Chile que con el norte argentino. Muchas veces nos levantábamos temprano y emprendíamos una caminata a los viñedos, recolectábamos uva negra, rosada y datilera, y algunos duraznos, para mandar en encomiendas a San Fernando. Pues no podía ser febrero y que el botín no se apersonara en casa de mis abuelos paternos, que ya esperaban a más de tres semanas nuestro regreso, pero más todavía, el crisol de uvas especialmente seleccionado para ellos. A la tardecita solíamos sentarnos en semicírculo rodeando una palangana enorme, pelábamos duraznos hasta acalambrarnos las manos, para después extenderlos sobre el cañizo, disecarlos y convertirlos en pelones (con mucho esfuerzo durarían todo el año)


Recuerdo que una vez comimos tanto durazno deshidratado hervido que no solo que no duraron todo el año sino que no los volví a probar. Ni siquiera podía soportar el olor, y mi abuela, que guardaba reservas para el invierno y trasminaba la cuadra con el efluvio del pelón, ante mi negativa solía decirme “el duraznero”. Algo así como un “casa de herrero…” pero en palabras de una abuelita envidiosa de ciudad que hubiera amado tener duraznales en su jardín.

Algunas veces solíamos recorrer la Ruta de los Seismiles, cruzar el límite internacional y congelarnos mirando la laguna verde chilena; un espectacular ojo de mar color caribe a casi 5000 metros sobre el nivel del mar. Otros 300 kilómetros por esa ruta y nos caeríamos de orto cuando el continente se nos haya terminado y no quedara más que el Pacífico abalanzándose sin remedio sobre nosotros. Nunca supe por qué nunca seguimos esa ruta, pero lo cierto es que mi primer mar fue de grande y en Brasil.


Con los años Chile me quedó tan lejos que si había de mirar hacia algún punto cardinal, sería a cualquiera menos al oeste. Tal vez por miedo a que se nos escape, pienso yo, se tiende a conquistar primero aquello que está más distante. Claro que una mañana de agosto, que nos despertamos respirando viñedos y sin otra cosa más que el espinazo andino hacia dónde poner la vista, la misma sensación de estar parado, al costado de la ruta, mirando la laguna verde, volvió a mí desde la infancia. Y lo bueno es que no hubo nadie que pusiera más excusas ¿Y si nos cruzamos a Chile?


Casi día 1

A más de 800 kms de Saujil, el viaje empezó en Mendoza y la ruta no fue otra más que la otrora huella por la que San Martín y su caballo blanco se hicieron paso para liberar a los chilenos del yugo español. La ruta 7 es la más vieja y empleada para cruzar a Chile por tierra. Y el deterioro de siglos de vía ilustre era evidente. La basura, en muchos casos resurgiendo, cual zombie, de los plostones de hielo que el sol de agosto derretía con gran esfuerzo daba fe, y me hacía doler los ojos, y ceñir el entrecejo, no sé si de tristeza o de rabia.


Muy distinta a la ruta internacional catamarqueña, a la ruta 7 la mano del hombre le dio un toque de gracia que hoy no tiene. Esa tarde las vías del ferrocarril brillaban, por el sol y la ausencia del tren trasandino y los cobertizos que yacían, casi tanto o más que algunos hoteles y cabañas, abandonados a la buena de dios. Los túneles férreos eran espejismos de tiempos mejores: es que la historia del tren en Argentina es tan emocionante como dolorosa y cada vez que me encuentro con sus fantasmas me estremezco. Mas no sea por esa irracional nostalgia de sucesos que no vivimos, a veces pienso que mi tío tenía razón y que nuestra generación está condenada a no ser partícipe de las cosas importantes. Cuando le decía que nuestra generación era privilegiada porque nacimos en el ínterin de la era tecnológica; ni tan después como para no saber lo que es salir a jugar a las escondidas ni tan antes como para no enviciarnos en una computadora, él solía decirme contundente: “ustedes no saben ni lo que es ganar un mundial”. Y puede ser, que así como la copa del mundo, que se vino a casa en el ’86 sin generación dorada que pueda traerla de vuelta, este país es lo que es y fue lo que fue a fuerza de locomotoras centenarias que ya no traccionan más allá de la pampa húmeda y que tipos como yo, a diferencia de nuestros viejos, que al menos viven del recuerdo, probablemente nunca veremos entrar ni salir de nuestras ciudades.


Nada de frutas ni de verduras y una lista interminable de requisitos para entrar al país vecino nos demoraban en la aduana. El protocolo de seguridad era áspero y lejos de aquel solitario refugio aduanal en el límite catamarqueño, después del trámite migratorio, hubo que formar fila dentro de un galpón frío y calabozesco, al lado de una especie de mesada sobre la que debíamos carnear el equipaje –calzón por calzón– mientras los hermosos golden retriever de carabineros nos olfateaban las bolas. Con un “son soldados, no mascotas” la única oficial del escuadrón reprimía el acto de quien tan solo amagaba una caricia. Éramos como doscientos y al grito del paco hubo que cerrar en medio minuto una valija que venía cerrada a presión. ¡Bienvenidos a Chile!


De aquel lado la suerte del tren trasandino, que me traía bajando Los Caracoles con la cabeza en la vía, es la misma. Fue recién en Río Blanco, un pequeño poblado rural de la comuna de Los Andes, donde la magia de una locomotora salió de la galera, o de un túnel, que desde la Ruta Internacional 60 aparece por encima de la villa, pintoresca, que a los 1500 metros empieza a gozar ya de los buenos vientos húmedos del Pacifico. Llevaba cobre en polvo desde la mina de Saladillo hasta la costa porteña. Muchos de los trenes históricos chilenos, y gran parte de sus tramos férreos, se conservan activos para la minería. Debo decir que, hijo de provincia minera, aunque aquella actividad no sea ningún santo de mi devoción, me tranquilizaba que esos trenes al menos no fueran más fantasmas acechándome.


El micro intentó recuperar inútilmente las cuatro horas que un semáforo disfuncional y un cruce de rutas imposible nos demoraron muy cerca de la ciudad de Los Andes, entregándonos al hambre y un cansancio contra el que un té en saquito y una galleta troquelada marca chevallier no pudieron dar batalla, para ponernos por fin de cara a la ciudad “norteamericana” de América Latina. La miraba desde arriba, desde abajo, a contraluz, entre cerros y entre túneles (ya enterado de la afición de esta gente por agujerear montañas, estos últimos se harían una constante) luminosa, grandilocuente, moderna y agarrada a la geografía andina, lo que veía de Santiago, nocturna, no dejaba de encantarme.


En un laberintico predio conformado de varias manzanas de terminales de buses, sin embargo, pasó lo peor. Nos cancelaron la reserva de Airbnb y nos dejaron a la deriva. “Como no llegaban…”, se excusó la Señora en español chileno y nos cortó el teléfono sin más. Santiago parecía hermosa, pero yo ya no podía disimular, aquel, mi problemita con llegar tarde de noche a ciudades gigantes y desconocidas sin plan A que estuviera dando buenos resultados. El plan B fue aceptar la propuesta de un tachero que nos estafó, nos dejó en el centro, en un hotel que también nos estafó, que se veía feo y nos atendía a medias porque la doña no podía dejar de mirar la tele. Yo sé que las primeras impresiones me cuestan, pero esta vez, estoy seguro, había confabulación. La habitación estaba sucia, rota, tenía olor a humedad y me carcomía haberle pagado casi lo que sale el Faena. El taxista fue a buscar cambio para darme el vuelto y no volvió. La pizzería de la esquina nos cobró, al cambio del día, 800 pesos argentinos una pizza napolitana, que más que pizza era una tortilla con tomates, dura y desabrida, y en la cuenta, el mozo, se sumó el 10% de propina y nos miró con cara de mejor mozo del mundo. En menos de una hora habíamos gastado más de lo que hubiéramos querido gastar por lo menos en tres días y empezaba a dimensionar que lo “caro que es Chile” era más caro de lo que imaginaba y si lo malo costaba tanto ¿cuánto más costaría lo bueno?


Casi día 2

Por el patio se colaba un calorcito necesario para menguar la frialdad con la que la primera noche santiaguina nos había mandado a dormir, y al tiempo que desayunábamos decidimos sin vueltas pasar el resto de nuestros días en Valparaíso. “Nos vamos” le dije a la doñita que no me respondió más que con una mueca.


Los pies sobre una Santiago abrasada por la resolana de agosto, nos llevaban surcando las diez o casi quince cuadras que nos separaban de las casas de cambio. Y en ese mientras tanto la ciudad hacía de las suyas con el dólar, el peso argentino y nuestras impresiones (quiero decir que este fue el mismo día de 2018 en que el dólar rompió todos los récords en Argentina) Me cuesta desenojarme con algunos lugares, como si tuviera la culpa esta Santiago exprimidora, y más cuando ya tenía puesta la cabeza en otro que me prometieron sería inevitablemente mejor… pero es que había ricos olores y buenas vistas. Atractivos cafés. Casi tantas atractivas casas de té. Otra vez ricos olores a cada puerta y se la veía próspera y sobre todo moderna; aunque por las peatonales, trazadas con poco discretos arcoíris y hojas de arces que lloviznaban las veredas, he de confesar --a riesgo de parecer un delirante-- que veía gente vieja. Sí, de otra década, como si las modas les llegaran con delay, con chupines y flequillos desorbitantes. Lo juro. Cuando creía desaparecidas las tribus urbanas de la faz de la tierra, éstas, o lo que quedan de ellas, parecían unidas y reunidas a las puertas de los centros comerciales de Santiago. Como en Oregon, el último blockbuster del planeta; Santiago, el último refugio flogger. Y los que no habían caído en las redes de una secta juvenil, llevaban un dejo noventoso que me hacía mirarlos por ratos como extras de una película de época.


Un par de pasos y nos topamos con La Moneda, a esas alturas ya estábamos en modo city-tour con las cámaras colgándonos del cuello. La sede del poder ejecutivo de Chile lucía flanqueada de mástiles con banderas enormes y un monumento al expresidente Salvador Allende en una de sus esquinas. Definitivamente nos metimos en otro tiempo. Me pasó lo mismo que cuando mi primera vez en Buenos Aires. Supongo que porque es difícil estar parado frente a los sitios de donde salió la historia y que no te atropellen los libros y las películas. Y daba escozor: sobre todo la tranquilidad, la calma citadina de los que reían revolcados en el césped, de los que corrían con la prisa de la ciudad encima mientras iban dejando el eco de sus pasos sobre nosotros sin darse cuenta. De los que se sentaban a chuparse el sol del mediodía cerrando los ojos y estirando las patas. Todos con la calma del que nada espera.


Dicen que ese día cambió el clima en Santiago, que empezó a llover mucho y más de lo que llovía usualmente. Que con la costumbre tan importada del té, y la grisitud de esos cielos cayéndose a pedazos, las postales de la Santiago del ’73 eran casi londrinenses. Nadie se lo esperó. Así nomás, frente a una calma semejante, a esa hora de hace ya casi medio siglo, cayó la primera bomba y la tragedia más grande del país compareció toda junta en ese edificio. El golpe de Pinochet fue el más duro y cinematográfico a las democracias latinoamericanas de la segunda mitad del Siglo XX y se quedó en la vida de todos, hombres y mujeres de ese tiempo, para siempre.


Santiago es moderna a fuerza de terremotos. Los pocos edificios históricos resisten suntuosos y se reflejan en el espejerío de los mucho más modernos que los rodean para redoblar la espacialidad que les falta. No sabía muy bien donde estaba ni qué de todo lo que había a mi alrededor era importante, pero el microcentro de Santiago se dejaba recorrer casi a la velocidad en la que solo un chileno puede hacer salir las palabras y, mientras intentábamos hacer entrar un edificio (con tremenda pintada) en el visor de la cámara, nos topamos con el Huelén.


Rebautizado Santa Lucía, el Huelén es un “cerrito” que escala los 700 metros en medio de la metrópolis de Santiago y a muy pocos pasos de todo lo demás. Una consulta popular resolvió que se siga llamando Santa Lucía, pese a la sonoridad que le sentaba mejor y su etimología aún no resuelta pero sin duda aborigen. Sitio de la fundación de la ciudad allá por 1541, y anteriormente ushnu inca, el paseo nos llevaba por un camino adoquinado, facilísimo de subir aún cargados, entre monumentos, estatuas y jardines afrancesados de finales de Siglo XVIII hasta las puertas del Castillo Hidalgo; una joyita de la reconquista chilena que había de servir de fuerte defensivo y que después de ser museo, bodega y parada del tren eléctrico, es hoy un centro de eventos y mirador inevitable de la ciudad. Hubo que esperar la foto de la foto, hacer fila, hasta pedir permiso para abordar su cúspide, que a su vez es el punto más alto del cerro, para ver, por fin, a toda la ciudad de la única manera posible. Desde arriba. Hacía unas horas habíamos decidido que los minutos en la capital andina empezaran a corrernos en descuento. Había que partir justo cuando Santiago ya nos había hecho picar la espalda.



Casi día 3

Parafraseando a Neruda, necesitaba del mar porque aunque nunca sé muy bien qué aprendo, siempre me enseña. Había pasado casi una semana en esa dicotomía que se bate entre Valpo y Viña del Mar y había aprendido a querer a Chile, tanto, que no quería irme sin antes reconciliarme con Santiago. Ese día por primera vez salimos temprano del hostal de Sergio, afable anfitrión, que además de esperarnos hasta altas horas de la mañana, todas las mañanas, con el desayuno a punto, charla mediante y balcón a una inevitable utopía de casitas de colores, nos había ayudado a restablecer la confianza en la hospitalidad chilena. Le devolvimos el cenicero roto, un abrazo fraternal y le prometimos volver mejores.


Santiago, como con la zozobra de quienes después de un disgusto se dan una segunda oportunidad, esta vez nos había reservado un balcón predilecto en una de las calles más céntricas de la ciudad. Con un cupón de descuento de Airbnb en compensación, pegamos buen wifi, bañera con sales descontracturantes de ducha y un somier con imán que me tenía prisionero. Con un par de “me lo merezco” me asomé al abismo de la flojera, pero finalmente no salté. Me levanté, me puse la capa de héroe y, con pantorrillas de 6 días en Valparaíso, salí a salvar este último casi día en Santiago escalando el San Cristóbal. Punto emblemático de la ciudad, este cerro fue en una época el ojo de la cerradura por el que explorar el universo. Cuando Santiago apenas amontonaba un par de faroles, sobre él se instaló el telescopio reflector más potente del hemisferio y uno de los más grandes del mundo; a ningún chileno se le cae de la boca. Toda la vegetación que se avizoraba casi selvática había sido implantada hacía casi un siglo. Los caminos, los canales, el funicular y hasta el zoológico habían dado cuenta de uno de los primeros, y hasta hoy, el más grande de los parques públicos de Latinoamérica. Las razones para subirlo son muchas, pero es que hasta por efecto de gravedad uno termina colgado de la mismísima Virgen.


Por Bellavista, un barrio de la bohém, también muy visitado por La Chascona, una de las casas menos imprescindibles de Pablo Neruda, se accede a un sector del parque metropolitano por el que se puede subir el cerro en funicular. Eso si es temprano: las colas de un día normal son interminables, las de un fin de semana imposibles. Decidimos comprar los tickets igual, quizás para por lo menos llevarnos la tranquilidad de haberlo intentado. Sabíamos que en 20 minutos saldría el último ascenso y que el boletero con la cara nos decía sin decirnos que no lo lograríamos. Temí otra desilusión, pero en un instante de oportuna coincidencia, Lulú y Leo, dos turistas tan desesperados, pero más informados que nosotros, nos acabaron convenciendo de pagar a medias un remis que nos llevara hasta las puertas superiores del teleférico. No subiríamos en funicular y tendríamos que darle la vuelta entera al parque, pero bajaríamos vía cable-carril en una cabina de cristal cuando ya empezara a enrojecer el barrio más emblemático de la ciudad. Digamos Sanhattan, el distrito financiero santiaguino al otro lado de la ciudad que, con la imponente torre del costanera center, otro superlativo hemisférico, encuentra reminiscencias a la gran manzana. Así fue. Una vez arriba, mientras hacíamos la fila para comprar los pases, los vendedores de mote con huesillo presentían mi habilidad de pelador compulsivo de duraznos y se me acercaban con mirada inquisidora. No obstante, aunque los años desde mi último mote con huesillo se habían acumulado invictos, no había olvidado la regla de oro: nunca comer un pelón fuera de casa. Mucho menos cuando la necesidad de un baño puede acontecer en una caja de vidrio suspendida en las alturas.


Y las vistas, ¡Oh, las vistas!, son la mejor elección cuando los días son casi días y no más de tres. En ese instante todo cabía en el aire: lo poco que vi y lo mucho que me perdí, los murales, los callejones secretos, los mercados, los pianos públicos, los artistas callejeros, los intelectuales mendigos, Violeta Parra en las paredes, Violeta Parra en el tocadiscos de una casa de antigüedades, las luchas eternas, las bodegas, los rascacielos, el Mapocho, una tienda de recuerdos de Bellavista, una chorrillana que vale la propina obligatoria, la cordillera, la ruta, un sueño de la infancia… todo.

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