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  • Gustavo Plaza

COLONIA: el lado zen del Río de la Plata

Actualizado: may 3

Apenas un pie sobre Colonia el mundo se desacelera. Sus corazones laten lento, se les nota en la voz y en los ademanes. Los mates van y vienen tibios y medio lavados, pero la comidilla tiene cara de ir por el principio. Pareciera que la vida les sobra y que una verjita descascarada les basta. Son dos viejos amigos hablando de bogas y más allá hay un “gurí” que cada tanto interrumpe la charla. ¡Ya te vi, Juani! le dice uno de ellos confirmándole lo que él ya sabe: aprendió a andar en bici suelto de manos.


Ese es el golpe de puño de Colonia: la calma, la eterna calma, la imposible calma. Y entonces uno comprende de inmediato que aquello no sería factible sin la ingente y caótica Buenos Aires en frente. Es que, como una relación simbiótica entre dos hermanas separadas al nacer, a una le sobra lo que a la otra le falta. Y de este lado del río a Colonia le tocó ser el yin del yang.


Fernando se levanta con la pava bajo el brazo; es un hábito adquirido, como llevarse las manos a la boca cuando el bostezo es inminente. La arrima dos centímetros a la hornalla y mientas espera que el agua llegue a un estadio apenas previo al hervor mira a Colonia desde la ventana. Una ventana que no es suya porque comparte con toda la humanidad. En el 2002, cuando a la República sin nombre no le quedó más que saltar las olas del tsunami financiero argentino y unos cuantos vendieron sus propiedades para hacerle frente a la debacle, Fernando se vio en la arritmia de un cartel de “se vende” y lo compró casi sin imaginarse que ese viejo rancho portugués hoy sería una postal reproducida infinitamente. Hoy más que antes, porque además de ser por fuera la foto infaltable de Colonia, es por dentro un mundo de personajes que trae a las paredes interiores del atelier con ayuda de una brocha.


De los Suspiros, la calle a la que mira Fernando desde la ventana, es una de las contaditas callejas que trazan el Centro Histórico. Y endulza tanto los oídos con su nombre que la pregunta inevitable es el por qué. Tal vez una historia de amor, seguramente prohibido, entre una joven de clase acomodada y un pescador pobre de cañas tirar. De amor entre bicicletas, guitarras y sauces llorones; o de amor entre fugas, persecuciones y ríos revueltos ¿Por qué suspira esa joven? ¿Acaso nunca más volvió a verlo? ¿O acaso el que suspira es él? Suspira cuando ella le tuerce el alma con su desprecio: un amor más que prohibido, imposible. Pocos se animan a imaginar otra que no sea una historia trágica de amor, pero entonces René rompe el silencio y, una vez todas las secuelas shakesperianas de nuestra inconsciencia develadas, acaba el ejercicio imaginativo con un elocuente ¡Putas y esclavos! La estupefacción es general, nadie imaginaría que por aquella calleja marcharon los esclavos condenados a muerte dejando en el trajín de sus pasos el último aliento. Ni que más tarde se poblaría de prostíbulos y los marineros vueltos y envueltos del mar abierto también dejarían el aliento entre las sábanas del inframundo.



Sucede que Colonia ya no es lo que era. Hasta hace no más de cincuenta años fue un "hospicio de mala muerte". El último lugar en el que uno quisiera vivir, dice René citando a una escritora uruguaya en una media voz que le pelea a la disfonía. Pero la imagen no coincide con el festival de bares y restaurantes coloridos que anidan hoy en el casco viejo.


De repente señala con la mano y a las pruebas se remite; el Convento de San Francisco Javier yace en ruinas y es lo único que quedó, menos que en pie a la altura de los pies, de aquella colonia. Es que hay una historia ulterior. La Colonia de ahora no es más que una reconstrucción histórica remontada a los inicios de la Edad Moderna. La de siempre, la historia del nuevo mundo que al final no era ni tan nuevo ni más salvaje. La historia repetida de barcos encallando, de blancos fusilando y de castillos extendiendo su poderío sobre tierras y civilizaciones ajenas. Fue el gobernador de la Capitanía de Rio de Janeiro el que le concedió a la corona portuguesa su punto cardinal más austral. Ni el Tratado de Tordesillas, el que establecía los límites para la repartija de América entre hispanos y lusitanos, lo apesadumbró de posarse frente a su peor enemigo para pasarse un siglo a los bombazos.


Ya nadie lleva la cuenta, pero fue tantas veces colonizada por españoles y portugueses por igual que otro nombre no le hubiera valido la pena.





Lo que todos sí sabemos es que la victoria final fue de España. Y que no le inventaron otro nombre (quizás traducirlo ya era suficiente escarnio) La verdadera españolización de la ciudad consistía en pasar de la divina casualidad al orden preestablecido. Del tablero de la oca al damero. Sin éxito, claro, sus calles permanecen hasta hoy irregulares, espontáneas, confundidas, casi tanto como los carritos eléctricos dispuestos para recorrerlas.


Fue difícil quitarle la impronta portuguesa; entonces decidieron convivir. Cada hueco se rellenó de ladrillos y la prolijidad floreció en edificaciones de tradición renacentista: sin piedra, sin tejados a dos aguas y con azoteas. Por cada dos ranchitos portugueses una casona barroco-rioplatense. El más sencillo y menos barroco de la arquitectura colonial española, pero suficiente para un mayor esplendor frente a la lusitana. Tal vez para que alguien se pare dentro de cinco siglos a admirar la una y denostar la otra, aunque en realidad uno no pueda más que encontrarse con sencilleces para tomar de un solo trago.


René nos alienta a buscar troncos petrificados entre las piedras cuña que revisten las calzadas, aduce que estas calles sin vereda, las que se deslizan a modo de canaleta hacia el río, alguna vez fueron pisoteadas por los primeros colonos. Con ello nos recuerda que todo lo demás estuvo en ruinas por muchos años, que Colonia fue testigo del olvido, que la tragedia de la guerra fue casi en vano. Se deja ablandar por un sentimiento patriota y con una mano en el corazón trae a la memoria a un presidente uruguayo mandado, quizás por su obsecuencia histórica, a poner cada piedra en su lugar. Así el museo portugués, el español y el indígena reconstruyen desde entonces a Colonia según sus pesares, así una copia fiel de la muralla y el icónico puente levadizo nos ponen allá muy lejos de este presente. Y un monolito a las puertas de la ciudadela sutura toda grieta. Ni español ni portugués, del mundo entero.






Muralla defensiva hacia el interior de la ciudadela reconstruida durante la presidencia de Pacheco Areco en 1968. También se incluyó el restablecimiento del puente levadizo.

Más allá la Basílica también amontona pesares. Un cartel la declara la más antigua de la Banda Oriental y antes de que los por qués terminen de dejarlo mudo, René se apura a decirnos que no es la original. Que en la estructura de ésta hay muchas otras.

Destruida por las sucesivas guerras y en el mientras tanto de una conquista tras otra, la iglesia no es más que una fusión fenomenal de estilos de distintas épocas que llegó a los albores del Siglo XIX -bajo el ala del imperio español- luciendo ya su reconstrucción definitiva. O casi. Quince años después, un rayo caería sobre un polvorín portugués guardado desde la dominación cisplatina y la devolvería otra vez en ruinas. Algunos juran un último golpe premeditado.


El monumento avocado al Santísimo Sacramento se levantó nuevamente en 1841, pero en una suerte de obra interminable de Dalí, su reconstrucción continuó por todo el Siglo XX. Hoy es el edificio más desapegado al estilo achaparrado del resto de Colonia, el único que sobresale desde las alturas. Como si cada ladrillo, piedra o pieza de madera fuera un pedazo de cada Colonia a lo largo de su historia, la iglesia sintetiza la mixtura arquitectónico-cultural por la que la ciudadela fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1995, inscribiendo a Uruguay por primera vez en la lista de Patrimonio Mundial de Unesco.




Una vez cesa la claustrofobia y el vértigo a sus 26 metros de escalones espiralados, el faro a los pies de lo que alguna vez fue el Convento de San Francisco Javier, nos deja ver las cúpulas de la Basílica y no mucho más. La magia de Colonia subyace a la suntuosa arboleda y es el río, único y solemne protagonista, el que ya sin René responde a todas las preguntas.


Todos aseguran que la conquista española de esta parte de Sudamérica fue alentada por una leyenda indígena que, casualidad o no, terminó siendo cierta. La de un rey blanco y una montaña de plata adentrada en el continente a la cual se podía acceder solo siguiendo el curso del río de Solís. Un mero cuento aborígen que les salvara del filo de la espada.

Muchas expediciones fracasaron, muchos expedicionarios jamás volvieron, pero la ambición por el botín fue tal que los llevó a surcar una y otra vez el río más ancho del planeta levantando a su paso los primeros asentamientos coloniales de la cuenca. Cuando la montaña por fin fue descubierta, se fundó a sus pies la capital más grande del mundo. Hacia 1573, Potosí llegó a tener tantos o más habitantes que la más poblada de las ciudades europeas y produjo la mitad de la riqueza que se obtuvo en el mundo para finales del siglo XVI. La plata y las rutas por las que fluyó, entre ellas el río como principal vía de escape, fueron tan importantes que pulsaron la formación del mundo moderno y tejieron las redes de la primera globalización de la economía mundial. El río de Solís no pudo ser otro más que el Río de la Plata.




Hoy ya no son carabelas con cofres fulgurantes de plata sino ferris titánicos los que lo surcan de lado a lado. Cuanto más cerca del puerto, las olas se levantan insistentes contra la roca e inundan pequeñas trampas para mojarras y cangrejos dispuestos a esperar la luna llena para volver a rodar por el río. Mientras tanto, sumidos a la sombra de olivares y ceibos florecidos en ramilletes, algunos pescadores aseguran sus cañas y se olvidan del mundo. Otros se pierden en la lejanía de un horizonte que deja ver a Buenos Aires en siluetas difusas. Por gusto no más, los más atrevidos lo costean en bici, o en motitos de 70, hasta que las playas los obligan a hacer verano.


"Colonia es un recreo" nos dice René antes de despedirse. Sabe que muchos de nosotros vinimos por unas horas y que nunca fueron tan largas. Que apenas un pie sobre el barco el mundo recuperará el tiempo y que a unos cuántos el atardecer nos atrapará en el duty free y no en la ventanilla. Sabe que de donde venimos las cosas nos llegan de repente.




De pronto Buenos Aires se nos mete en las retinas extendiendo sus brazos de hormigón para atraparnos, y no son pocos los que murmuran a coro y en tono de sorpresa: ¿ya llegamos?


Por suerte, al igual que Juani, hoy aprendimos a soltarnos.

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