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  • Gustavo Plaza

De cuarentena: cuando lo importante es lo menos importante

Actualizado: may 22

Hago zapping. Primero me engancho horas con unos tipos que rompen objetos para descubrir de qué están hechos por dentro (hasta cascabeles de serpientes), y después con un informe turístico de Ushuaia. Una ciudad que visité hace un par de años y cuyo relato no se encuentra todavía disponible en este blog. ¿Te gusta Ushuaia? ¿Cuánto tiempo pensás quedarte en la ciudad? ¿Te tomarías un crucero de dos meses a la Antártida? Una tras otra, esas son las preguntas del notero a un suizo que habla español de poca monta y, que por ende, se responden solas. Es de febrero, pleno verano austral, con las ramas de las lengas pletóricas de hojas amarillas y mucha nieve en los picos cordilleranos de fondo. Parecen imágenes de otra estación, me animo a decir que de otro mundo, de cuando un extranjero era menos peligroso que un libro de Cohelo y la bandita que hace morisquetas detrás del periodista no era motivo para que la rati de la ventana marque el 134 y les mande la policía.


Será porque a eso de las siete ya está oscuro y el silencio muerto de la medianoche acontece a eso de las ocho que los días se me pasan rápido. Sí, al revés de la humanidad mis días son cortos y, por suerte, los encuentros son cotidianos. Llevo hasta la fecha siete mates con pequeñitas historias rescatados de los ataviados cajones del olvido y un par de libros inleíbles que relojeo de vez en vez con menos desgano. Serán, tal vez, la próxima hazaña. Sí, porque por estos días los desafíos son así de chiquitos y de cruciales. Sin ir más lejos, cuando anteayer la pileta de la cocina se tapó y no hubo Dios ni ácido muriático que hicieran un milagro, maniobré un destornillador y me sumergí sin mapa al maravilloso mundo de los desagües. Me llevó casi un día entero romper todo y rearmarlo a fuerza de cinta aisladora y escupitajo. Con un afortunado resultado como corolario, esa noche me fui a dormir habiendo lavado los platos y con el semblante de un día emocionante por detrás.


En la tele el apocalipsis está declarado. La extinción solo aguarda la llegada de Godzilla para consolidarse cruel y estremecedora como prometieron las películas. Un fin del mundo de verdad, ¡al fin!... después de tantos intentos.


Los volcanes estallan por todas partes, dicen las noticias, y por acá lo único que se quema es mi pared de las nueve con la gracia de un incipiente sol que, como desde que empezó la cuarentena, se hará de un hermoso día allá afuera.

Si el asteroide 1998 OR2 se desvía e impacta contra la tierra los daños podrían ser incalculables, hipotetizan las noticias, y por acá lo único que cae del cielo es veneno anti-dengue desde una avioneta del gobierno; de paso nos quedamos todos pelados y nos ahorramos la rapada.

A un radiotelescopio canadiense le entran señales de radio de una galaxia lejana, conspiran las noticias, y traspasando las medianeras y por mi ventana semiabierta entran los otros --los que desde hace más de un mes no se ven pero no se tocan—en forma de carcajadas frenéticas, puteadas espartanas y excesiva obsesión por la jardinería y los taladros; cada quien reporta vida a su manera y con la salud mental que les toca.


“Pero los diarios no hablaban de ti, ni de mi”; ni de lo diario.


La vida es así, pienso: un día sos un joven anti-sistema y al otro no te acordás del desquiciado que pudo haberte regalado ese mechón de pelo que hoy duerme el sueño de los justos en un cajón para hacerte las rastas que nunca te hiciste por cagón. Un día odiás tu departamento y al otro te preguntás si el que lo habitó antes de vos se habrá dado cuenta del desnivel y del zumbido de la cocina, si en su época los gatos del barrio ya se habían montado su zona roja en el fondo de la casa, si sabía que el azulejo flojo del baño era un excelente escondite de tucas para su yo del futuro. Un día te preocupa tomar las grandes decisiones de la vida adulta y al otro te desvela si los huevos se lavan o no se lavan, si a la gallina que lo parió le pusieron la vacuna contra la salmonella, si le habrá dolido.


De pronto lo importante es lo menos importante y debo aprender a vivir con eso. Casi que aprender a vivir de eso. De lo insignificante porque existe, porque acontece, porque habla de mí, de cómo vivo, de cómo pienso, de dónde lo compré, de quién me lo regaló, de por qué ya no están, de por qué los extraño. De las cosas insignificantes porque no salen en las noticias y, sin embargo, son todo de lo que estoy hecho por dentro.

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