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  • Gustavo Plaza

Del mar

Actualizado: may 27

A 120 kilómetros de Santiago y a no muchos más de la Cordillera, el Chile continental se funde al tacto con el Pacífico. Es ahí cuando el cóndor andino abandona la vigilia y los pelícanos y martutinos apalancan los cielos.

La costa de Valparaíso, cubierta a sus anchas por el puerto, obliga a un encuentro oceánico hacia las afueras de la ciudad. El ferrocarril metropolitano promete una corta espera y en pocos minutos el mar ya domina el oeste y con él, los versos de Neruda, y con ellos, la dicotomía de dos ciudades tan cercanas como distantes a la vez.

La personalidad bohemia y desmarañada de Valparaíso se disipa apenas un reloj de flores marca la hora, y a pocos minutos del puerto, el caminante mira esa geografía caótica desde la armonía urbana. Sobre calles delineadas y jardines florecidos, en un acto de mayúscula ironía, los edificios de Viña se encaraman como torres de cartón buscando las buenas vistas que a Valpo le sobran. Nunca llega a conformarse con el uno, y sin el otro.

Sobre la Av. Montt que más allá será también la Av. Borgoño, el sol danza sobre la fina línea del horizonte, el mar se agita brusco contra las piedras, el frio agosto invita unos pies descalzos sobre la arena mojada. Entre Reñaca y Viña el camino es la patria de los soñadores y viejas promesas se asoman por el catalejo.

El caminante sonríe. Es que hubo atardeceres que le han quitado el aliento y otros, como el de hoy, que se lo han devuelto.

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