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  • Gustavo Plaza

El paraíso de Floriano

Actualizado: 8 de nov de 2019

La RB 101 va pegadita al Atlántico. Todavía no lo vemos pero está ahí. Tan cerca que la bandada de gaviotas que nos sobrevuela no disimula el entusiasmo y los morros por los que se escabullen los bananales dejan lugar para que florezca la mata. Para que explote tanto como la amazonia, porque este es un sur tan tropical que se amarran paraísos dignos de otros mundos, de esos a los que huyen los yo cuánticos de quiénes viven aletargados de la vida cronometrada.


Y una vez que por fin lo vemos nos resta darle temperatura, asignarle un color y un aroma, contornearlo de sonidos y respirar tan hondo que se nos meta en la nostalgia; aunque parezca estrecho, aunque sea gris como la indiferencia del hormigón que nos amilana a cada paso, y esté inmóvil como el agolpamiento vehicular que nos demora, intempestivo, frente a una ciudad de edificios afilados que se ha devorado la promesa del cielo en la tierra. Y que, a un monumental puente de distancia, promete devorarnos a nosotros también.


Pero en su afán de prometedora, la isla de Santa Catarina (o la Florianópolis que se opone decididamente a abreviar su nombre a la conurbanización que opera como capital del Estado) promete otros mares. Algunos fríos y alborotados, otros cálidos y más bien solemnes, desiertos y abarrotados, transparentes y de azules profundos. Tantos, que las cuarenta y dos playas, a Cascaes, les quedaron cortas.


Tanto promete Florianópolis que a veces peca de incumplidora. Y entonces, si le das la vuelta, ya no es un mar estancado sino un coloso de horizonte inacabable y olas protuberantes que amagan comerse a como dé lugar la más extensa de las fajas costeras de la isla, pero exiguo ante un río que osa disputarle protagonismo. A diferencia de la mayoría de los pueblos costeros, en Florianópolis, una aldea de montañas interrumpidas por tejaditos a dos aguas teje su trazado urbano a la par de un sigiloso canal tierra adentro y son apenas unos cuantos los bares que se asoman a la ribera marina a conformar a los idólatras de la sombrilla y aficionados al pescado artesanal. Aquí, al otro lado del monstruo edilicio, el Atlántico se viste verde-clarito para ponerse a tono con los folletos... pero la vida es de río.


Y es tan suelta que el calendario sobra. El verano es verano cuando la arena se hiende de reposeras y el mar se enajena para que el río se convierta en un refugio de la localidad ­­­­­­–y en el refugio de los que buscan la localidad sin ser locales– hasta que la tainha en los mares madura como las aceitunas en un viejo olivo y les recuerda un invierno de reconciliación.


Sucede que a Barra da Lagoa el turismo le llegó tarde. Y definitivamente hace un verano ardiente en esta aldehuela de pescadores que no diferencian peces de inquilinos. Entonces las abuelas se avecindan en las esquinas y levantan un cartel para ofrecer cuanto pedazo de hospitalidad tengan a disposición. Que bien puede ser el cuarto de una casa azoriana de fines de Siglo XVIII o, con suerte, una casita afavelada al otro lado del puente donde el camino más ancho admite una fila india para los que suben y, pegadita, otra para los que bajan. "Aluga-se, Aluga-se" nos interpela Rosinha desenfrenada.


Bajo el puente azul por sobre el que Barra da Lagoa pierde el nivel del mar para empezar a contornearse de morros está el "cuartel general". Digamos un avenido punto de encuentro, sinergia viajera y algarabía multilingüística, donde los que se encuentran, primero comparten una coincidencia de alas abiertas y después; la misma casa. Por algunos días o por varios meses viven como en comunidad y alargan la estadía según las monedas que junten de las artesanías que salen de sus manos, o a cambio de una cantata bajita traída de otras tierras, o a manos de un ukelele maltrecho del que, por ejemplo Eduardo, sabe sacar conejos y pañuelos infinitos. Que no falten las trufas locas que prepara la letona con la sonrisa más compradora del universo. Sucede que a Barra da Lagoa el turismo le llegó tarde. Le llegó tarde y le llegó distinto. Y mientras el paisaje es un romance de ríos y mares encontrándose, caminan los pibes que siempre supieron que querían conocer el mundo.


Río de Barra da Lagoa

Es sabido, Florianopólis vive del turismo. Pero no se desvive. Y deja pedazos de isla a la deriva, inalcanzables por los medios tradicionales, hasta los que no basta con remar. Hay que caminar y trepar sierras que no vuelan muy alto pero no dudan en ponernos en la piel de un granadero cruzando los Andes. La recompensa es bajarlas con los ojos más puestos en el visor de la cámara que en los pies y sobrevivir.


Galheta, por ejemplo, pese a estar desamparada suena en muchas bocas. Fue una de las primeras playas del sur en declararse naturista. La única que hoy, cuando andar en bolas gana cada vez más olas en el continente, se sube la malla y se desafía a sí misma. El nudismo en la Isla es obra de los forajidos progres de los años de la Sudamérica activista que, al momento en que las cruentas dictaduras cedían para dar lugar a osadas democracias que perduran hasta hoy, fabricaron su edén a un santiamén del paraíso confiscado por y para la élite conservadora: "querían experimentar la libertad completa", explica Maia, de esa que se siente arañándose las partes con arena gruesa, "mientras escribían el génesis del naturismo". Una sedición que flamante llegó en los ’90 cuando solo preguntar por Galheta ya era motivo de risas e intransigencia socarrona y entonces militar el nuevo estilo de vida –cerca de la naturaleza y en pos de la socialización del cuerpo– ganó tantos adeptos como el 'jugadísimo' título de playa naturista de nudismo no obligatorio. 'El futuro llegó' pensaron en aquellas vísperas de un nuevo siglo y se equivocaron. Hoy que la tecnología avanza coartando la libertad más que cualquier otra cosa y, cuando más que sacarse la ropa son muchos los que buscan tomarse vacaciones de las vacaciones, aquella transgresión mutó en una nueva revuelta: la de subsistir “desglobalizados” y en lo que es aún más audaz: sin vendedores de quesitos oreganados derritiéndose al filo de un brasero portátil.


No es para menos. Entre las Pontas do Cazador y do Meio, Galheta se abre a modo de ensenada sobre el mar abierto. Las rocas encobrizadas emulando el envés de enormes criaturas fabulosas nos acercan a las inventivas de Verne y la presunta inaccesibilidad a los escenarios de un pelilargo Tom Hanks persiguiendo –inconsolable– una pelota. Es que, pese a los indicios de una playa cercana con enchufes, música y surfers que no surfean, la sensación de lejanía es invencible.


En Galheta podemos desnudarnos. De prejuicios y de ondas, pero un tanto más de ojos… y quedarnos chinos mirando lejos.


Praia da Galetha y Ponta do Meio

Otra que mira lejos es Canasvieras. Mira a los inicios de su historia. Mira envalentonada por ser hoy el emblema turístico y comercial de Santa Catarina y canalizar a más del 70% del turismo rioplatense que visita Florianópolis. Por acá los sinsabores de la colonia y del sueño independentista, además de cairpirinhas, le corren por las venas.


Sin que la modernidad se haya llevado puestos sus rasgos seculares, Canasvieiras recuerda bien el día en que los españoles desembarcaron sus pretensiones imperialistas sobre sus costas y la anexaron en medio de la estupefacción de sus pobladores al Virreinato austral. Sobre la Bahía do Norte las islas emergidas a pocos metros del continente “envitrinan” el fracaso portugués y hasta allí, como quien busca un tesoro por fuera de los brillos de los resorts y los paseos de compras ( e inmersos en un jolgorio de no acabarse nunca, hay que decirlo), arribamos en una escuna pirata. Nos posamos sobre el portal de ingreso a la gran Fortaleza de Santa Cruz y desandamos la Isla de Anhatomirim para rememorar los años de la ocupación europea. O los años “de los cañones flojos” que aunque alineados a los de otras dos fortalezas en un triángulo defensivo perfecto no habrían podido producirle rasguño alguno a una goleta enemiga; el paupérrimo nivel de propulsión acaso le permitiría a un misil llegar al mar. La pérdida fue tan tan al tun-tun que los historiadores más sanguinarios no se aguantaron catalogar al incidente como el más torpe del que se tenga memoria.


Fortaleza de Santa Cruz

Sin embargo, las negociaciones territoriales entre España y Portugal devolvieron Santa Catarina a las arcas portuguesas en menos de un año y las fortalezas de la Bahía del Norte no volverían a utilizarse con fines bélicos entre imperios coloniales, mas sí volverían a utilizarse de manera violenta entre brasileños hechos, derechos y no tanto. Cuando Brasil ya era Brasil y Floriano Peixoto presidía la reciente República, la llamada “Revolución Federalista” densificaba los aires independentistas del sur con más sangre de la imaginada. A medida que la afrenta revolucionaria avanzaba desde la siempre díscola Rio Grande del Sur hacia el norte, a modo de presidios los cuarteles de Anhatomirim, los mismos que perseguimos con la vista mientras el guía actúa inmolado contra el paredón, se colapsaban con los cuerpos amontonados de los “rebeldes” comandados por prestigiosos opositores brasileños y reconocidos caudillos charrúas y argentinos de la época. Peixoto, en los libros como un vicepresidente autoritario que asumió el gobierno central sin llamar a elecciones tras la renuncia del primer presidente constitucional del país, respondió con el fusilamiento a mansalva y se ganó un capítulo importante en la historia de Brasil cuando resultó victorioso en 1894 con ayuda del ejército paulista. Sería entonces que “Desterro” cambiaría su nombre a Florianópolis, en homenaje, o a fin de que cualquier otra idea emancipadora declinara ante el recuerdo de la masacre. Sabremos más tarde que los catarinenses no perdonaron: a más de 120 años ningún monumento lo recuerda.

Fortaleza de Santa Cruz de Anhatomirim

Tampoco lo recuerdan los paisanos que acostumbran acortarle el nombre. “Da magia de Floripa ninguém está a salvo” sentencia el del carrito de sucos tropicais como lanzando hechizos sobre las caipiras que acaba de venderle a dos argentinos que hacen flamear la bandera en las playas de Jureré. Tal vez bajo algún patrón de superioridad, el norte se muestra más desarrollado que el sur y no son ni quinientos metros caminando sobre la Av. Buzios que Jureré adquiere, además, status internacional.


Las mansiones se amontonan ingentes una al lado de la otra, los Roll Royces hacen composé desde sus arregladísimos jardines. Sobre la peatonal una torre-campanario nos adelanta el nombre del Resort más polémico de Florianópolis, el que un juez mandó demoler por haberse erigido sobre una invaluable porción de mata en peligro de extinción. Más allá, una especie de boliche volador se eleva en turnos de veinte minutos para observar el borde norte de la isla a todo lo que da el punchi-punchi entretanto el barman prepara tragos con más colores que sabores. En este rincón con más ínfula maiamezca que brazuca abundan los chiches de la clase acomodada y a nosotros los rastros de arena petrificada en los tobillos nos delatan. Es que en esta versión top de Jureré, tomar sol no da lo mismo si puede hacerse sobre un yate alejados de la muchedumbre. Y caminar por la playa, para algunos no será una opción en tanto los all inclusive sumen pastillas clorificantes a sus mares privados y resplandezcan tan claros como el día.


Pero la noche también está clara para los noctámbulos. A lo bohemian, la mediterránea Conceição acapara barcitos con estilo y shows en vivo a puro bossa y cerveza artesanal. El camino subrepticio lo siguen los aduladores de las luces robotizadas que encuentran su meca entre los manglares cada vez más derruidos de la celebre Jureré. En las dos, de la magia de Floripa nadie se salva.

Resorts y beach club sobre las costas de Jureré Internacional

Y en su centro histórico tampoco. Frente a la Catedral Metropolitana, uno de los pocos y el más importante edificio histórico de la ciudad, la plaza XV asoma rompiendo la omnipresencia del cemento para contarnos cómo –muy probablemente– una otrora promesa portuaria entre las gigantes São Paulo y Buenos Aires prefirió convertirse en paraíso.


Esquivando puntales, una docena de personas le da una vuelta entera a una colosal Figueira que desde hace casi ciento cincuenta años no ha parado de crecer. Una mujer obliga a su pareja a completar la tercera y otro grupo de amigos le da cinco. Todos giran tantas veces el deseo lo amerite. Cual maletín al que hay que adivinarle la clave para que se abra, ellos giran en pos de desatar la magia. La que el destierro del viejo hacia el nuevo mundo trajo consigo junto a brujos y alquimistas expulsados de las Azores africanas. Tantos llegaron con aquél exilio que para finales del Siglo XIX Santa Catarina ya era la “Isla de las Brujas” y los mitos y creencias que se tejían dentro de ella eran tan espeluznantes como preciosos para la cultura catarinense. Pero no fue hasta el tiempo en que el turismo de sol y playa empezó a echar raíces en Latinoamérica, que sus visitantes

–encantados– volvieron tantas veces que algunos nunca más se fueron. ¡¿Qué brujería es esta?! repitieron al unísono los paisanos al momento en que proliferaron los bares y las posadas y las canoas artesanales de garapuvú quedaron a la sombra de modernos catamaranes; cuando los ríos y las lagunas interiores se hicieron tan poderosos como sus mares para las almas errantes y los fortines se alzaron expectantes de nuevo para refrescar la memoria colectiva. Cuando las transgresiones ganaron la batalla cultural en una de sus playas más idílicas y los ricos construyeron las muchas autopistas que los llevaran a un Brasil ansioso de Caribe en el norte, el sur se guardó para que, en medio de una selva abisal de cucumelos y monos capuchinos, payas secretas y minúsculos pelourinhos azorianos, los que se busquen se encuentren y los que se olviden se acuerden por qué ésta es la Isla de la Magia.


Mientras la tarde se quema viva, debajo aguarda un Atlántico con tantos aromas, colores y sonidos que ya parece una irreverencia encerrarlo en el recuerdo para siempre. “Dele una vuelta a la Figueira y las brujas lo traerán de regreso” prometen, otra vez, en el Paraíso de Floriano.


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