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  • Gustavo Plaza

USHUAIA: el otro país

Actualizado: may 3

Le cuesta irse, pero en el ambiente se presiente; no le queda mucho hilo en el carretel. Las tardes son más largas, uno matea de corrido. Hasta eso de las ocho uno matea. Don Alider no se queja tanto y en cambio “acá, disfrutando el airecito” con coca en mano que ya no es lo mismo que “acá, chupando frío” con los labios morados y no de vino. Se sienta en la vereda, como todas las tardes, a chusmear el vecindario, pero no se queja. Se viene nublado. Alguna que otra última ola polar que obliga a un abrigo. Liviano nomás, porque al mediodía hay que descaparse como las cebollas y volverse con todo a cuestas. Acaso más tarde haya que volver a abrigarse, por costumbre, porque dormir la siesta siempre es mejor emponchado y eso se respeta. El nudo indesatable de la persiana americana, habrá que prenderle una vela a la virgen. Al parecer quedó pendiente desde que no hubo que volver a abrir la ventana.


Pasa el poncho, pasa el te de ruda, pasan los vientos huracanados (que tienen más de Khamsin que de Katrina) y sí, quedan los artistas, pero también el karma de los lapachos deflorados por toda la ciudad. “Pero qué ganas de joder estos árboles” se dicen las viejas de una vereda a la otra mientras manguerean eso que parece una pasta de flores pisoteadas, que pisoteo una y mil veces, ya negras y malolientes. “El año que viene lo saco a la mierda” le dice una mientras la otra asiente. “No, señora, que si agosto nos dejó vivos es para ver florecer la primavera y que si llegamos al verano esa sombrita nos va a hacer falta” pienso en decirle, pero no se lo digo porque en el fondo sé que le encanta barrer las flores, mojarse las patas, charlar a los gritos con la vieja del frente, que sea septiembre y que yo me vaya a pisotear flores de otros árboles de otras veredas a la loma del orto.


Nada mal la vista desde la troposfera. La pampa parece un mantelito cuadrillé extendido sobre un campo de golf que de pronto tiene tantos hoyos que el que no la emboca es primo de Higuaín. Donde no hay rectángulos de cultivo hay lagunas y salares, o portales intraterrestres, enormes, incontables, demenciales que se prenden y se apagan según el sol y el avión avanza. Más allá la costa patagónica. Lo sé porque en el correr de al menos una hora la vista es la misma. El paisaje no se inmuta. Una hora, ponele casi dos horas, equivalen a todo un día manejando por esas mesetas desérticas a escala de avión. La ventaja de aburrirse en el aire –al margen de aburrirse menos– es que fijando la vista en el agua uno se encuentra con cosas maravillosas: el efecto de movimiento oceánico (igualito al del google earth), uno que otro submarino perdido, uno que otro kelper robándonos algo y… ballenas, que según la azafata son manchas de aguas más profundas.


La magia empieza con un par de gotitas cristalizándose en la ventanilla, que de pronto se hacen un montón y tienen la mismísima forma del emoji. Al ratito el comandante en vuelo nos anuncia el cruce de los Andes, se siente un anfitrión de esos cielos, casi un San Martín en embraer, siente la misma emoción que yo y que casi todos los que dejamos de respirar para no empañar el vidrio y mirar las montañas. Me siento un boludo que nunca vio una montaña, pero más boludo es el de atrás que piensa que nos fuimos a Chile. “Señor, hay más Argentina después de la Cordillera” pienso en decirle, pero no se lo digo porque ese es el Beagle, No, es el Fagnano, No, es el Escondido, y ese Sí es el Beagle y esa casi isla diminuta (que un paso en falso y nos caemos del mapa) Sí es el aeropuerto y esa ciudad Sí es la más linda del amor. Toda la tierra austral se me pasa en un instante a ojo de pájaro.


“Bienvenidos al fin del mundo” nos dice el turro para que todos aplaudamos, nos abracemos y lloremos como si Argentina hubiera metido un gol de pedo en el último minuto de la final del mundo. Ushuaia es el mejor gol argentino. El otro país, donde uno se siente extranjero sin salirse de la línea. Es para un abrazo de gol esta ciudad que más que una ciudad es una quimera, una alucinación colectiva, una fábula de viejos y osados hombres de letras y de barcos, que nos venimos todos a comprobar en carne propia. Y sí, es septiembre, y de acá, a mí y a don invierno, que nos saquen a patadas.

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