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  • Gustavo Plaza

Valparaíso (o cómo subirse a un disparate)

Actualizado: may 25

Un disparate. Lo dijo Neruda que se hizo la “casita” con la mejor vista del Pacífico en la punta del cerro más alto de la ciudad. ¡Oh mar, el sueño de los pájaros enfermos y de los que se hospedan en Donoso y Ramirez! Si ya en Santiago no me cerraba que el sol se asomara por la Cordillera, ahora buscar el mar en las alturas me lo termina por confirmar: Chile está al revés.


Valpo, casi como volver a los ’90 y adivinarse en el stage 50 de Lode Runner (pero sin marcianos) con escaleras más largas y hasta funiculares de conteiners. La gracia es perderse sin perderse. Hay que subirse, como quien dice colgarse, hasta que el ínterin de un callejón –donde un arco-iris con saxofonistas y pintores de cuadros express– nos devuelva al punto de partida para empezar de nuevo.





No hay técnica que supere el caos y tampoco ángulo que se libre del trigger. Es así, en un rincón la elegancia del Brighton y en otro las medibachas de doña Concha colgando del balcón.


“Nos sacamos el alma y la ponemos en los ojos del caminante” me dicen y se sumen a esa locura que es pensar con las manos. Con arneses, tablones, aerosoles y rodillos, para deshacerse de la abulia de una ciudad que también sufre el abandono, se suben, en una suerte de rehab urbano, para regodearse en la tinta. Se pintan, se transforman y renacen con la ciudad: Valparaíso nunca es la misma. De tanta personalidad está hecha que podemos perdonarle la dudosa estabilidad de sus casas encaramadas al infinito, pero no una pared impoluta.

Es que ya nadie espera encontrarse con el brillo inglés de los edificios victorianos de principios del siglo pasado, pero tampoco con un porteño que no sepa expresarse.








Mientras nos comemos la ciudad con la mirada cae el atardecer en la bahía y, antes que las luces comiencen a encenderse como flashes en un estadio colmado, Valpo se detiene. Los murmullos se hacen ecos a la distancia, las gaviotas resuenan lejanas, los pasos, las sirenas, el efluvio helado del océano se cuela en los huesos. Es un minuto de urgente melancolía en el que ya estamos metidos.


"Cómo dueles Chile” gritan las paredes sugiriendo un poco de esa tristeza que se esconde detrás de la sonrisa fulgurante. Duele la universidad que no le llega al obrero. Duele el estudiante que con más deudas que materias dadas se desarma en los semáforos para viajar en los trenes. Duelen las listas de espera en los hospitales y un sistema de salud que espanta hasta las moscas. Duele Allende, y ¡cómo duele Allende! ¿Acaso sea una herida que no cierre nunca?




Suena I follow rivers de Lykke Li. Se escucha en todas partes a esta hora y por estos días. Es señal de persianas que se levantan y de tantas mesas y sillas que se amontonan en las veredas de los bares como de skaters, hippones y punkies en las pequeñas explanadas públicas. A esta hora Valpo es más joven y más diversa. Las veredas son estrechas, casi como la distancia entre la vida y un colectivo, pero hay que seguir subiendo, y sortear un mar de latas y una decena de los 102 mil perros callejeros que según el último censo habitan estas callejas desorientadas. En una ciudad en la que el gato es la vaca sagrada de los porteños, los perros abundan y cada quien se disputa su lugar en la urbe.





Colgados ya del último mirador, el Pacífico gana terreno entre los buques y desnuda la fina silueta de la bahía desde Concón. Todo lo que vemos empezó con un viaje trasatlántico.


Otrora caldo de cultivo para piratas y maremotos, Valparaíso se despertó un día a la vera de un puerto loco –que al día de hoy se extiende por casi toda su costa– con cargueros a pura bulla y gringos de té de las cinco. Se despertó y, como un escarabajo que trepida el lomo de un elefante, se subió al disparate de hacerse olas sobre los cerros. Se hizo como pudo de cuanto recoveco, de cuanta ladera insuperable. No le tuvo miedo al abismo. Salió en calzones por la puerta del Pacífico y se mostró al mundo entera, aunque parezca desplomarse.


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